sábado, 17 de octubre de 2015

NO TENGO NADA QUE OCULTAR



            La mayoría de nosotros piensa que, si no tiene nada que ocultar, no tiene nada que temer. Es una mentira que por mucho que se repita no deja de serlo. Puede que no tengamos nada que ocultar, pero sí tenemos mucho que temer.

Navegar es una actividad promiscua. Cada vez que introduces una dirección en el navegador, pinchas en un enlace o buscas una palabra en Google, tu navegador intercambia fluidos digitales con otros ordenadores desconocidos que pueden estar en cualquier parte del mundo y que obedecen a otra legislación. En cada uno de ellos revelamos por defecto una cantidad de información de la que nos somos conscientes, y esto pasa docenas de veces con un solo enlace.

   Todo se almacena en los Big Data, donde se acumulan miles de páginas sobre nosotros en un archivo que incluye nuestro nombre, dirección, estado civil, financiero y emocional; compras, viajes, amigos, inclinaciones políticas y predicciones acerca de nuestras vidas basadas en todo lo anterior, y esto sin que nadie nos «vigile» especialmente.

Sumemos las Agencias de inteligencia de Estados Unidos y del Reino Unido, las cuales han reconocido que nos espían, pero no sabemos lo que están haciendo las de Corea, Venezuela, Bielorrusia o Brasil.

   Las empresas que han rediseñado internet no han invertido millones en servicios gratuitos ni para proteger a los usuarios. Si algo que ha costado millones es gratuito, el producto eres tu.


Por cada informe escandaloso que se publica sobre los programas de la NSA hay cientos o miles de organizaciones desconocidas acumulando e intercambiando datos, que venderán a terceros por millones de Euros, y además esos datos estarán disponibles para los Gobiernos que los pidan.
 
   Gracias a WikiLeaks sabemos que Gadafi contrató servicios de empresas europeas para espiar a sus propios ciudadanos y «neutralizar» a los disidentes antes de que salieran a la calle.
En España se encarcelan a ciudadanos por apoyar una manifestación en Twitter.
   La licencia que nunca leemos y que aceptamos para acceder al servicio deseado, no solo garantizan a la empresa de servicios el acceso indiscriminado a nuestros correos y conversaciones, también se reservan el derecho a compartirlo con terceros y venderlo al mejor postor.

   La realidad de esos programas, que vamos conociendo gracias a las filtraciones de Edward Snowden, supera con creces las pesadillas distópicas de George Orwell y Aldous Huxley. Moraleja: no importa dónde estén tus datos siempre que nadie los pueda leer.